ESTADO MAYOR PRESIDENCIAL ¿EXTINCIÓN, ABSORCIÓN…O GATOPARDISMO?

ESTADO MAYOR PRESIDENCIAL ¿EXTINCIÓN, ABSORCIÓN…O GATOPARDISMO?

10 julio, 2018 0 Por Rene Davila
“Usos y costumbres” primera batalla que los militares no están dispuestos a perder.

Politización del EMP por su exposición y trato con la clase política.

Pertinencia de este órgano técnico militar.

Fuente: Ibero

Fueron miembros del Estado Mayor Presidencial (EMP) los que participaron en la provocación de la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco; con un amplio abanico de actividades de inteligencia establecidas discrecionalmente en sus reglamentos, el Estado Mayor Presidencial tuvo también un papel en las actividades de la guerra sucia de los años setenta y parte de los ochenta; de igual modo, fue el Estado Mayor Presidencial el órgano responsable de la seguridad del candidato priista Luis Donaldo Colosio, asesinado el 23 de marzo de 1994; y fue el Estado Mayor Presidencial el que justificara, por razones de “seguridad nacional” (sic), con una base legal endeble, la compra del avión que estrenó Enrique Peña Nieto (que “no lo tiene ni Obama”, AMLO dixit), pero que, en honor a la verdad, la transacción se hizo en las postrimerías del sexenio de Felipe Calderón.

Fue con Miguel Alemán como sucesor del general Manuel Ávila Camacho, cuando se crea el Estado Mayor Presidencial. Fue el último eslabón de una cadena que se despojaba del caudillismo militar (del que aún se manifestaron resabios hasta 1952), que ya había institucionalizado la función de defensa en dos dependencias, la Sedena y la Secretaría de Marina (Semar). El Estado Mayor Presidencial no respondería, jurídica ni presupuestalmente a la Sedena, sino al Presidente de la República. Se constituía así una salvaguarda militar al servicio y protección de la institución presidencial, el Ejecutivo, sus familiares y los funcionarios de su círculo de poder, que tendría un papel de contención de fuerza, igualmente militar, contra cualquier intentona golpista. Ese fue el origen y su función primaria.

Hacia fines de los años sesenta y si se quiere, setenta, el EMP se transformó en un coto de poder fáctico. La conclusión principal de este entramado es que en veinticinco años, aproximadamente, el leit motiv de la creación del EMP había cumplido su finalidad en tanto que, en términos generales, estaban conjurados los temores del golpismo militar tradicional. Mucho antes de los estudios de Roderic Ai Camp, desde los años ochenta y al iniciar este siglo, académicos y trabajos de profesores mexicanos como Guillermo Boils, José Luis Piñeyro, extranjeros como Franklin Margiotta y Stephen Wager, anotaban la politización del EMP como resultado de su exposición y trato con la clase política.

Camp confirma en sus análisis el uso político del EMP y su influencia en el sistema y habría que añadir que su mera existencia introduce un cambio diferencial histórico-político entre las fuerzas armadas, como un instrumento más al servicio del interés presidencial… y que la tentación represiva no está exenta.

Esta caracterización política, vale mencionar, no se discute o se omite en las descripciones sobre las fuerzas armadas en la literatura académica actual reciente de los intelectuales del Pentágono (Deare, A. Craig, A tale of two eagles. The US-Mexico Bilateral Defense Relationship Post Cold War, 2017, un recuento importante, y obligado de conocer, sobre la cooperación military entre los dos países).

El EMP, hay que decirlo, se mueve principalmente en el mundo de las reglas no escritas del sistema político mexicano, y de las normas discrecionales que prohijó un presidencialismo autoritario que, a la fecha, para muchos, se sigue justificando sin razón. El EMP se integra, principalmente, con personal de las tres armas y de las dos secretarías militares del Estado mexicano, Sedena y Semar, de ahí que el cómo se materializaría el anuncio hecho por Andrés Manuel López Obrador, tiene pocas certezas en el detalle: sin problema para los oficiales soldados de tierra y aire, porque regresarían a su adscripción originaria de la Sedena. Para el caso del personal de Semar adscrito al EMP, quizá se devuelvan a sus comandancias navales, y lo mismo sucedería con los miembros civiles de la Policía Federal.

Riesgo gatopardista. “Usos y costumbres”, es la primera batalla que los militares no están dispuestos a perder y menos a rendir la plaza. Se abre así, de nuevo, el espacio de la discrecionalidad y la extensión en el uso de leyes no escritas que han caracterizado la relación civil-militar mexicana por más de setenta años. Debe recordarse que es, precisamente en este ámbito, en el que la transición política del país y su democracia (a la que ahora le otorgan ‘mayoría de edad’ los intelectuales y periodistas que ayer vituperaban al candidato AMLO), es en el que tenemos un enorme déficit si nos comparamos con democracias establecidas y aun con las de muchos países de Centro y Sudamérica.

Hasta ahora, el aviso sobre el EMP tiene una gran carga de simbolismo y alcances políticos de un candidato que arribará al poder con una legitimidad nunca antes vista en el Estado mexicano. En contrapartida, ello exige una gran responsabilidad en las decisiones por tomar. Habrá que esperar que, como ocurrió en el pasado, no se dilapide con transacciones y privilegios a cambio de que sobreviva, entre otros vicios, el espionaje militar al servicio del presidente, indicó Erubiel Tirado, coordinador del Diplomado en Seguridad Nacional, Democracia y Derechos Humanos de la Universidad Iberoamericana (Ibero) Ciudad de México.

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